2 de marzo de 2007


Raquel y Socorro

Hace unos 30 años, una joven palentina decidió meterse monja. Conocía el secreto de la elaboración de un dulce que sólo se ofrecía en las celebraciones familiares en ocasión de grandes festividades religiosas. Era un hojaldre que se deshacía en la boca, con azúcar glasé, y el punto justo de manteca. Raquel, que así se llamaba la joven, ingresó en el convento de Nuestra Señora de la Asunción de San Andrés de Arroyo, bien aprovisionada con todos los ingredientes de la receta y el conocimiento de cómo hacerla, con intención de transformar una actividad ocasional de repostería, en un posible negocio para el convento. La hermana Raquel se afanó en su labor pastelera, y convenció a la madre superiora para que el convento se transformara en fábrica de estos exquisitos dulces, que, en honor a la hermana Raquel, se comercializaron, y todavía se comercializan como "raquelitos".

Pero, ¡ay!, el mundo, el demonio y la carne también se asoman a los conventos. No sabemos cuál de los tres tuvo mayor efecto, pero la hermana Raquel, cuando "los raquelitos" ya eran bien conocidos en la contornada, decidió dejarse el convento y regresar a Cervera de Pisuerga, su pueblo. Visto el éxito de los "raquelitos", Raquel animó a su familia a montar un negocio para la fabricación de estos dulces. Y así nacieron los "socorritos", en honor a la madre de Raquel que se llamaba Socorro.

Si pasan por San Andrés de Arroyo o por Cervera de Pisuerga no dejen de comprar una caja de "raquelitos" o de "socorritos", que tanto da, son una delicia para el paladar.

Y sirva esta entrada para desmentir la historia que acusaba a una joven de haber entrado al convento sólo para aprender la receta y luego salirse para comercializarla.

Si compran "raquelitos", guárdenlos a buen recaudo de curiosos y merodeadores: pueden quedarse sin su última ración y la reposición, si no viven cerca del convento, no es fácil.

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